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Miércoles, 8 diciembre - 2021 (12:35 h.)
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¿Qué les espera a los protagonistas de “bolis caídos”?
Paralelismo Controladores / Guardia Civil de Tráfico
Los conflictos de los controladores y de los guardias civiles con el Gobierno presentan muchas coincidencias (en lo relativo a jornadas laborales y planes retributivos), aunque también grandes diferencias: la huelga de controladores daña su propia imagen ante la opinión pública, pero la de bolis caídos es acogida con alborozo por una ciudadanía empobrecida por la gestión de Zapatero.
0 ComentariosImprimir17-12-2010  |  Pedro Javaloyes
Sin embargo, muchos guardias están verdadera y justificadamente asustados por la que se les viene encima, vista la triste suerte que han corrido los controladores. De entrada, a los guardias civiles no hace falta militarizarlos.

Quién le iba a decir a Zapatero en 2004, nada más ganar sus primeras elecciones, cuando ZP aún era una simple marca electoral, el ZP de las “ansias infinitas de paz”, del diálogo y el talante, que intervendría manu militari (bajo las faldas, eso sí, de un copresidente Rubalcaba encantado de erigirse como juez sumarísimo) en el conflicto con los controladores aéreos.

En mi opinión, lo sucedido durante el puente de la Constitución fue más que una respuesta contundente del Gobierno a una situación imprevista: fue un plan milimétricamente diseñado, una ratonera en la que los controladores entraron, víctimas de un gran engaño, y de la que han salido tocados de muerte como colectivo y enormemente perjudicados en lo personal, puesto que afrontan severísimos procedimientos judiciales (en los que, a tenor de lo dicho por Rubalcaba, “el que le echa un pulso al Estado, lo pierde”, no pueden esperar ni un gramo de árnica por parte de la Fiscalía) que pueden comprometer muy seriamente sus patrimonios y su futuro profesional.

Engañados, sí. No se entiende si no cómo fue posible que el Gobierno presentase a la cúpula de los controladores, en la mañana del sábado día 4, los expedientes detallados con los embargos de sus propiedades si no se reincorporaban inmediatamente a las salas de control, órdago a la grande con perete de color en la mano del Ejecutivo, envite que podía haberle salido muy mal si AENA no hubiera dado el paso, el golpe definitivo, de cerrar el
espacio aéreo, cuando no era realmente necesario y mucho menos perentorio.

El Ejecutivo tenía el campo abonado para tomar una medida así, pero necesitó un gran puñetazo en la mesa por parte de los controladores, en forma huelga salvaje, para ponerse a la opinión pública de su parte : después de dar sedal durante meses, por fin, en el puente, todo estaba dispuesto para cobrarse el gran ballenato. No bastaba con la tremenda campaña de imagen que han sufrido los controladores a lo largo de los últimos meses mostrándolos como una recua de vagos que ganan cientos de millones de euros por barba, escarbando en la fibra sensible de esta España
nuestra, siempre dispuesta a levantarse contra quien gane más dinero que la media. Ganar dinero sigue siendo pecado mortal en España. No trato de justificar la actitud de los controladores, que debieron obrar de otro modo, sino sólo describir el caldo en el que han acabado cocinándose ellos solitos, muy similar, por ingredientes y tiempo de cocción, al que el chef Rubalcaba prepara en los fogones de Interior para los guardias civiles.

A lo que vamos. ¿Deben los guardias civiles díscolos poner sus barbas a remojar? En mi opinión, sí. Haciendo de la necesidad virtud, Rubalcaba, en esto del tráfico aéreo, ha ocultado la incompetencia del Ejecutivo para resolver el problema bajo el manto espeso de una medida excepcional (cuya legalidad está por ver), en expresa manifestación de su debilidad como Gobierno que se viste de dialogante pero al que le puede el populismo. La cuestión es que, no puede negarse, la jugada lo refuerza enormemente, y no van a tardar en llegar mensajes a las cúpulas de las asociaciones de guardias civiles sobre la que les puede caer.

Los Navarro boys
Con un repunte consolidado de la siniestralidad en las carreteras (previamente elaborado por los Navarro Boys), el silencio de Pere Navarro sobre la posible influencia de la huelga de bolis caídos en el aumento de muertos (puesta inútilmente sobre la mesa el pasado verano, ahora el jefe de la DGT ha recurrido a la “extra-vagancia” de culpar de la siniestralidad a Movimiento 140), demuestra que está dejando ese cartucho para el jefe Rubalcaba en una próxima comparecencia ante los medios, que bien puede ser la presentación de los datos de siniestralidad de 2010, a celebrarse a primeros de enero, como cada año.

Lo cierto es que la huelga de bolis caídos cuenta con la simpatía de los conductores, como no podía ser de otra manera, por simbolizar la protesta un “basta ya” a tanta recaudación. ¿Cómo puede cambiarse esa percepción de la opinión pública? Culpando a la huelga del fin de la racha descendente en la siniestralidad vial; eso sí, sólo lo puede hacer Rubalcaba, puesto que Navarro es ya un elemento amortizado políticamente, un gestor desnortado que no tiene otra ocurrencia que irse a Soria (donde la mitad de los accidentes se producen por invasión de animales en la calzada) a decir “lo bonito que es ver ciervos cruzar la carretera”.

Quebrada la casi total unanimidad social en el apoyo a los guardias, sólo quedará aplicar el Código Penal militar hasta sus últimas consecuencias para que los guardias díscolos vuelvan al redil. Es más o menos lo que el Gobierno está haciendo ahora, sacando dinero de las nóminas de los guardias que menos multan, o presionándolos con turnos de trabajo y jornadas laborales imposibles. La diferencia es que ahora se hace de tapadillo, con ocultación y negación de dichas presiones, porque siempre se ha negado que se premie a quien más multa; y también que para entonces Rubalcaba contará con más apoyo que ahora, cuando el conductor está feliz porque le multan menos.

Y entonces, ya sabemos lo que puede pasar. Lo estamos viendo estos días: caretas fuera.
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